Algo de filosofía para una breve introducción

Distancia.

La mayoría tuvimos la fortuna (o el infortunio) de conocer esta palabra, -este concepto- de la manera cruda en que la vida la concibió. Cartas perdidas, amigos extraviados, situaciones diluidas en meses o años que jamás encontraron a sus protagonistas para renacer y embellecerse con el paso del tiempo. Despedidas dolorosas, “hasta luegos” que inocentemente intentaban aplacar la muerte en vida de los “hasta nunca”; llamadas con eco y retraso que desmoronaban la paciencia y el bolsillo de viejos amigos y enamorados. Distancia se convertía, muy común y dolorosamente, en recuerdo.

Hoy existen ya quienes tienen la fortuna (o el infortunio) de no reconocer la distancia. Su carácter doloroso está casi completamente anestesiado por el mundo digital y virtual que fluye sin medidas a través de muros, países y océanos. La “teletransportación” de nuestras voces, figuras y hasta conocimientos hacen que nuestras agendas estén repletas, que nuestros recuerdos crezcan y crezcan, que nuestro poder se multiplique sin límites de kilómetros ni horas. Esa ventana de luz, aprehendida a un teclado, provoca la suma de esfuerzos y la posibilidad de multiplicar exponencialmente las ideas y capacidades de creación.

Ahora algunos tenemos la fortuna (nunca el infortunio) de crecer en todos los aspectos necesarios junto a aquellos que nos complementan, sin importar la… ¿Cómo se llamaba? Ah, la distancia.

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