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Bolsos AK únicos, doble cara, para navidad

Aprovecha le época y compra un regalo hecho a mano y único. No hay dos bolsos completamente iguales.
Además ¡es como 2 en 1!. Doble faz, doble vista, bimórfico, como quieras decirles.

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Mil personas se derriten – WWF Alemania

WWF Alemania puso en acción, por no decir en evidencia, y de forma artística una metáfora práctica para pedirle a los gobiernos que no se queden sentados sin hacer nada mientras el Ártico se derrite y el nivel del mar sube. Metafórico también en cuanto al tiempo: no tenemos mucho tiempo para hacer cambios. Faltan pocos días para la conferencia de las Naciones Unidas en Copenhaguen.

Vé la galería en Flickr

A la perra muerta de mi corazón

Quedarse escondido, tornarse de negro a blanco, ver pasar los años escuchando gritos sin sentidos, caricias inconcientes, ir perdiendo el olfato y memorizar sólo recuerdos de rastros, mover la cola, cada día de todos mis años, perder mi madre, inconciente de su parentesco, extrañarla, desearla tanto como para aprender sus mañas demasiado tarde.
Nunca reconocerse, llamarse en un lenguaje que no puedo pronunciar, cero independiente e incapaz de beber con pitillo. Correr por entre la grama, el pasto, que aun pequeño normalmente me tapa, sentirse como los niños del maizal, sola y desesperada. Espantando a los que no conozco, perdiendo la confianza que nunca tuve, no dejo que me huelan el culo, gruño, ladro, me erizo.
Y los minutos se reflejan en mis bigotes, en mis cejas, en los hongos y manchas de mi piel, en esta maldita rasquiña, que a veces quiere dejarme calva y me socava agujeros dolorosos y rojo, cuales son mis recuerdos? El asiento rojo, la inexplicable atracción de las alfombras para ser orinadas, los muebles y las tablas que me separaron de ellas, el sonido del timbre cuando llega la comida, el olor diferente a la sopa diaria, la mesa alta y mis cariños sentados en ella, la mano que baja, el bocado de manjar…
No sólo la piel se ha tornado blanca, los ojos, me los taparon con una sábana clara y aun no he muerto, y a veces no me doy cuenta y deambulo por mi laberinto sin siquiera recordar que no veo. Aunque a veces llega la palabra, antaño satisfactoria y esperada Y no logro evitar emocionarme, y parar mis orejas, pensar que es verdad, que saldré a recibir el sol y ladrar a los demás, y cuando busco la salida de mi agujero, recuerdo que ya no veo, y no se donde está la izquierda, ni la derecha, ni vislumbro los pasos de mi guía…. Y prefiero frenar y dar media vuelta
Orinar en la puerta, en la sala, en el garaje, dentro de esta seguridad blindada, a mi edad no me golpean, sólo cuando la rabia puede mas que la compasión y la tristeza, cuando mis esfínteres se relajan en la noche y dejo pedazos digeridos de mí en el lecho de mi principal aliado, y no entiendo a veces los golpes, no se que me muestran cuando me llevan…, siento la mano firme, pero no se a que se debe y adolorida y desconcertada debo ubicarme de nuevo en mis subdominios, y perderme bajo los muebles, en la sombra, donde no me encuentren…
Horas, horas, 24 horas de día, eternas, mentirosas, largas, sin vocablos, en silencio y mucho tiempo sola, perdida en esta ceguera blanca, buscando el sueño, vagando, retocando mis uñas contra las baldosas, buscando el sueño, para viajar un poco más allá y tal vez divertirme, o pasar un tiempo y despertar sintiendo una mano en mi cabeza, o en mi lomo, 2 minutos, 30 segundos, tal vez todo lo diferente en un día, y a veces no saber siquiera quién me quiso, quién jugo conmigo.
El complejo pasar sin pensar a donde voy, sintiendo las paredes con la nariz y confundiendo el blanco con el negro, despistada, insegura, aislada, olorosa, retirada, discriminada, el jabón no me quita este olor a vejez, y la medicina no me recupera la piel, las fallas, las equivocaciones, mis fracasos y dolores, son ese nexo con la humanidad ahora, a veces causando risas, a veces lágrimas e incomprensión, pero llenándome siempre de este vacío, este agujero que se me mete en el vientre y sólo me deja encontrar una pared para irme a otro lado, y desaparecer un rato, sumida en el tiempo, que nunca se cuanto durará ni a donde llegará, perdida de los ojos que si ven, escondida de la vida, recogida y retraída, con la cabeza gacha y el caminar pesado, esperando que me de sueño.

Quedarse escondido, tornarse de negro a blanco, ver pasar los años escuchando gritos sin sentidos, caricias inconcientes, ir perdiendo el olfato y memorizar sólo recuerdos de rastros, mover la cola, cada día de todos mis años, perder mi madre, inconciente de su parentesco, extrañarla, desearla tanto como para aprender sus mañas demasiado tarde.

Nunca reconocerse, llamarse en un lenguaje que no puedo pronunciar, cero independiente e incapaz de beber con pitillo. Correr por entre la grama, el pasto, que aun pequeño normalmente me tapa, sentirse como los niños del maizal, sola y desesperada. Espantando a los que no conozco, perdiendo la confianza que nunca tuve, no dejo que me huelan el culo, gruño, ladro, me erizo.

Y los minutos se reflejan en mis bigotes, en mis cejas, en los hongos y manchas de mi piel, en esta maldita rasquiña, que a veces quiere dejarme calva y me socava agujeros dolorosos y rojos, ¿cuáles son mis recuerdos? El asiento rojo, la inexplicable atracción de las alfombras para orinar, los muebles y las tablas que me separaron de ellas, el sonido del timbre cuando llega la comida, el olor diferente a la sopa diaria, la mesa alta y mis cariños sentados en ella, la mano que baja, el bocado de antojo…

No sólo la piel se ha tornado blanca, los ojos ya me los taparon con una sábana clara y aun no he muerto, y a veces no me doy cuenta y deambulo por mi laberinto sin siquiera recordar que no veo. A veces llega la palabra, antaño satisfactoria y esperada y no logro evitar emocionarme, y parar mis orejas, pensar que es verdad, que saldré a recibir el sol y ladrar a los demás, y cuando busco la salida de mi agujero, recuerdo que ya no veo, y no se donde está la izquierda, ni la derecha, ni vislumbro los pasos de mi guía…. Y prefiero frenar y dar media vuelta

Orinar en la puerta, en la sala, en el garaje, dentro de esta seguridad blindada, a mi edad no me golpean, sólo cuando la rabia puede mas que la compasión y la tristeza, cuando mis esfínteres se relajan en la noche y dejo pedazos digeridos de mí en el lecho de mi principal aliado, y no entiendo a veces los golpes, no se que me muestran cuando me llevan…, siento la mano firme, pero no se a que se debe y adolorida y desconcertada debo ubicarme de nuevo en mis subdominios, y perderme bajo los muebles, en la sombra, donde no me encuentren…

Horas, horas, 24 horas de día, eternas, mentirosas, largas, sin vocablos, en silencio y mucho tiempo sola, perdida en esta ceguera blanca, buscando el sueño, vagando, retocando mis uñas contra las baldosas, buscando el sueño, para viajar un poco más allá y tal vez divertirme, o pasar un tiempo y despertar sintiendo una mano en mi cabeza, o en mi lomo, 2 minutos, 30 segundos, tal vez todo lo diferente en un día, y a veces no saber siquiera quién me quiso, quién jugo conmigo.

El complejo pasar sin pensar a donde voy, sintiendo las paredes con la nariz y confundiendo el blanco con el negro, despistada, insegura, aislada, olorosa, retirada, discriminada, el jabón no me quita este olor a vejez, y la medicina no me recupera la piel, las fallas, las equivocaciones, mis fracasos y dolores, son ese nexo con la humanidad ahora, a veces causando risas, a veces lágrimas e incomprensión, pero llenándome siempre de este vacío, este agujero que se me mete en el vientre y sólo me deja encontrar una pared para irme a otro lado, y desaparecer un rato, sumida en el tiempo, que nunca se cuanto durará ni a donde llegará, perdida de los ojos que si ven, escondida de la vida, recogida y retraída, con la cabeza gacha y el caminar pesado, esperando que me de sueño.

Dí con quién vienes y te diré quién viernes

Si del hecho al trecho, como macho campechano que gusta del durazno, pareciera algo estrecho, sería cachondo, maltrecho, mejor beber deshecho. ¡Capitán a la Capital, marinero a marinar, pescador a pecar, asesino a asar, vividor al comedor! ¡Qué bonito es lo bonito! Salud alcohólicos nónimos de mi recuerdo.

WP: Santa Res

santaresMac

Otra de la serie en honor a la carne.

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Vaca amable de mi vida, auxilio de los comensales
la carne que necesito saco de tu bendito destaje
tú que no entiendes congojas, pues nada te confío
da comida al hambriento y paz al estómago vacío
y aunque tu gracia no merezco, recurriré a ti en vano,
pues eres hija de Dios y alimento del humano.

Derby

derbyHay un pelado al que no le da la gana de escribir nada. Canta todo el día… Putea las gallinas del vecino y se va sin zapatos al colegio. A veces para en el camino y orina de frente a los carros, y eso que tiene complejo de genitales pequeños. Pero que se puede hacer, todos tienen derecho a sentirse así de vez en cuando.

Camina por el pavimento y algunas veces arrastra las uñas para sentir ese fastidioso estremecimiento de dolor y fastidio. Se muerde el labio inferior con una fuerza irracional cada que un perro se le acerca y le mueve la cola. Le dan ganas de patearlo, de patearlo muchas, muchas veces. Y siente esa piedra en su pecho, alimentándose de sí mismo y él se satisface alimentándolo. Es uno de esos días en que se quiere tocar fondo, en los que se quiere creer que no hay nada más abajo.

Se concentra en su mirada y descubre que ha estado mirando fijo hacia abajo mientras caminaba, con el cuello tieso. Ya lo tiene entumecido, levanta sólo los ojos para mirar al frente, no ve nada que quiera ver, vuelve y baja la mirada.

Entre las grietas del cemento se imagina que se encuentra con la vieja que lo trae loco, la que conoció, pero desconoció después, cree que es la única que podría cambiar toda esta situación, se imagina encontrándose con ella. Se para frente a ella, ni siquiera la mira, le da pena, pero sabe que ella lo mira con ojos de lástima, callada y con un frío interior que la asusta y le pone aguados los ojos.

Ambos se quedan quietos y de un momento a otro él la toca, en el hombro. Pero su mano baja y llega hasta sus muslos. Ella permanece inmóvil, entiende lo que pasa y deja que continúe. Él hace lo mismo con la otra mano y mete ambas por entre sus muslos. La levanta del suelo y la recuesta contra la pared del parqueadero, en plena calle, porque para él no hay nadie.

La falda que lleva permite y facilita los movimientos, Read the rest of this entry »

Autoretrato

Autoretrato

No entiendo por qué se queja mi padre.

Raros peinados viejos

peinados

Que caiga el pelo que se atraviesa en la garganta, el que se enreda en el jabón del baño, el que tapa la cañería, el que pica la nariz; que caiga la pelambrera indefinida, dormida y desposeída; la que llueve, se amarra y pasa desapercibida; que caiga la guedeja sin razón, la que carece de dominio y aparenta puro descuido; que muera la cabellera de implante secular, marchita y dividida; que se achique la mata sin vida, opaca y perdida. Que respire el folículo, que se queme la pie de la testa, que resbale el agua por la cabeza.

WP: Santa Gallina

Santa Gallina - WP

Ya que me anda persiguiendo Pollito, les dejo este fondo de escritorio. Empezando con una serie de ilustraciones que pretenderán rendirle un poco de homenaje a la carne cuando está viva. Ya muchos nos hemos olvidado de como es antes de estar servida y muchos ignoran también lo que significa para ellos, el resto del mundo y el mundo, la forma masiva de consumirla.

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Santa Gallina que estás en la mesa, santificada sea tu especie
trae a nosotros tu cuerpo, perdona la voluntad del hombre y tus cadenas
danos hoy el alimento de cada día y acepta nuestras disculpas
como también perdonamos a nuestra especie
perdona la tentación y líbranos del hambre

Sí, es un nuevo día

Abre los ojos. Su corazón, histérico, golpea repetidamente las paredes del pecho. Aturdido, reconoce a Douglas McCarthy cantando desde la computadora para despertarlo. Los párpados se relajan. Un respiro profundo le devuelve la calma. La bomba de sangre deja su cuarto de manicomio y salta a la pista de baile. Un par de dientes sibilinos se asoman entre sus labios. Su cabeza, de manera casi imperceptible, se mueve hacia delante y hacia atrás sobre la almohada.

Sí, es un nuevo día.

Comienza a hilvanar un plan para hacer de la mañana un fastuoso recuerdo. Vigorosidad, alegría y optimismo son las palabras que le cruzan la mente. Es el momento de levantarse. De cantar, bailar, estirar y hacer unas cuantas abdominales. De darse un duchazo de agua caliente para matar los calambres y uno de agua helada para reactivar las neuronas. Es hora de poner el café y desayunar fruta y granola con la agraciada mujer que duerme a su lado.

Alcanza el control de la mac que reposa junto a sus congéneres de televisión y cable. La alarma desaparece.

Percibe la luz a través de las cortinas. El día está despierto y le ofrece todas sus horas. Casi un millar de minutos para crear, para triunfar, para conquistar. Siente la fuerza y el poder de la decisión bombeando sangre por sus venas. Un último bostezo pare una lágrima al hacerle entrecerrar los ojos. Sus pensamientos sufren parálisis espasmódicas. Se duerme.

Pollito sigue con nosotros

Pollos Ray

Yo que andaba haciéndome el original con la entrada de pollito, pero tal parece que no soy el único intentando reducir la culpa de ser un desagradecido carnívoro.

Venid, dijo el gonodópodo

Hay escritores favoritos, claro. Pero cuando me lo preguntan (más bien cuando me lo pregunto, porque entrevistas no es que dé muchas), siempre se me viene a la cabeza uno en especial. No lo conoceremos más de 30 personas, pero cada que lo leo me agrada tanto, que estaría en mi Top 5 de escritores.

Tal vez sea porque pasamos más de una década en la misma escuela, por compartir pupitre o emborracharnos juntos. Tal vez sea porque fue el co-fundador de las columnas de la Poesía Barata. Tal vez porque como yo, es diseñador y le palpitan los dedos con el ansia de hundir teclas en su computador. No hay texto que me suene más natural, como narrado por un hermano vividor y sedicioso, que el que brota de su peculiar existencia.

Tal vez me gusta porque es algo parecido a mí. Un poco más culto pues leía El club Dumas, mientras yo me engullía el cuarto capítulo de la Torre Oscura. Un poco más depravado, pero con seguridad más estructurado (literariamente) que yo. Metalero en su tiempo como yo, fiestero y electro ahora, pero capaz de cantar un bolero, un tango o la discografía de Charly García; o capaz de empezar a trovar a las 3 de la mañana, por eso se le considera un personaje apto para toda ocasión.

Ese es el Pablens hombre, quién más, al que estoy tratando de sonsacar para que se retuerza de nuevo entre las letras. Es el gonodópodo, para que vayan a visitarlo. Les dejo el último de sus textos (al menos el último público) para que juzguen ustedes. Para leerlo completo den click en la entrada.

Venid.

Que venga la tuerta, la muerta, la esposa del mayordomo; que venga la hambrienta, la bizca y la honrada, que venga la dueña de la pescadería, la uniformada y la petiza, la partera, la gorgona, la perezoza y la zunga, que venga la que no se depila y la que huele, la de hule y la que no tiene cejas, la mamá del mocho y la de las empanadas, que vengan mi abuela y su hermana, que venga la fea inconforme y la bella belfa, la bestial tía y la cuadrupléjica, que vengan la rubia usufuctudada y la negra estafada, que venga la secretaria arisca y su pizca de abandono, que venga la barrendera, la untada de monedas, la que huele a palomas y la enfermera ensangrentada; que vengan juntas las gordas rezanderas, las mamás que toman té y las tías del casino, que vengan la esposa del presidente y su lésbica secretaria, que venga la recepcionista, la masajista, la fisioterapeuta y la onanista, que venga la profesora de gimansia sudada de tres días, que venga la carretillera, la que fuma pielroja y la gafufa, la novia del del celador y su hija de quince años, Read the rest of this entry »

Missing Cat

Missing Cat

Qué interesante sería que todos esos cartelitos, achicharrados, manchados y rayados que algún pobre humano pega en la calle en busca de su mascota, trabajo o lo que sea, estuvieran creados con más concepto que amor o necesidad. Cardon Copy nos regala unos ejemplos.

nobrein fingerin

- Calipso total -dijo la rata escondida en la vagina de la muerta-. Me gustaría ser Pink Tomate, pa’ qué que sí. Esto de andar mirando qué se encuentra uno en los basureros ya me jartó. A ver si ahorramos un poquito y nos vamos pa’ Jamaica, ¿no? ¿Si viste los micos esos que andan de fiesta todo el rato con lo que dejan los turistas por ahí? Tss, yo me la pasaría bien bueno revolcándome en la arena y teniendo ese marsote enfrente. Y pues surfiar, surfiar por las mañanas y vender arepas si es del caso… ¿o no?
- Siempre decís lo mismo -le contestó Ana María-. Vos ya sabés: del dicho al hecho hay mucho trecho.

Breve historia nunca narrada y recién inventada

Carótido Maldía encontróse una tarde caminando por las líneas de un manuscrito. Sin descendencia ni ascendencia definidas, con rasgos aún no descritos y en medio de edificios incoloros, sus pies le anclaban a un lugar que no conocía. Los pensamientos y emociones, escasos y confusos, invadían a velocidad lectora su cuerpo de inmaculada concepción. El olor a cemento mojado, los postes incendiados, los aullidos de la gente, los cuerpos amontonados, el zumbar de las balas, el cuchillo en su mano, el purpúreo cimbrar de su garganta, el grito ajeno de victoria y la lucidez del moribundo arremetieron contra él de forma aterradora e inequívoca: esto no es una novela.

Impropiavisación

- ¡En esta hierba caerá lluvia! – Sentenció el profeta de la obscuridad nueva, creyendo vislumbrar un haz de luz sobre su cabeza.

Románticamente ácido

El sueño, increíblemente tosco, denso, burdo, sucio y dramáticamente erótico: me gustó. Me dejó una sonrisa de hueco.
En resumen: un retorno, un amor inmerso en la oscuridad que significa ser luchadora porno (es un arte o deporte extraño, es el afán y la angustia de una lucha entre dos mujeres, tocándose intensa y frenéticamente; con técnicas de sadomasoquismo y pasión desenfrenada).
Sets de cuartos de baño sucios, peleas tan intensas como degeneradas. Las mismas participantes jamás podrían dejar de enamorarse una de la otra.
El manager (el cual no se cogía a las chicas) te recibía y hablaba caminando alrededor de la oficina, masturbándose con la mano izquierda y saludándote con la derecha mientras ellas practicaban (o se entregaban con aún menos prejuicio al dolor del amor) frente a su escritorio. Emanaba la sensación de ser descaradamente honesto.
No hablé, no me moví, pero por dentro explotaba, estallaba, se me torcía la mandíbula y las nauseas del estómago me constreñían el pecho.
Tú y una de tus compañeras, enamorada (o desahuciada, quién sabe), de las que lucha y llora al mismo tiempo; que se viene sólo cuando el vacío la ocupa por dentro. Yo las vi y ustedes me miraron. La una con desprecio, la otra con éste es mi precio. Y me enamoré tanto como podría haberte odiado, y ese vacío me dejo quieto, sin palabras y lleno de un enorme silencio que me hacía sentir más vivo que nunca, más confundido, y hermosamente extraviado. Casi en el lugar donde debía estar.

Fue como si una hermosa mujer te metiera un brazo por el culo y te agarrara el corazón y lo exprimiera poco a poco, mirándote directo a la cara, mientras llora.

-[ . ]-

Una rata, un piojo, una rata comiéndose un hijueputa piojo, que chupa sangre, que vino saltando, que no entiende los dientes, que come piojos, que muerde gente y le da rabia, que mastica niños que comen ratas con piojos dentro, que toman sangre como vino, que a todos alcoholiza, que a todos difumina y a todos manda a dormir.

Sweet eitn: 13/8/97

Pollito

Pollito era un pollito muy tranquilo y feliz. Desde hace 3 meses va a la iglesia todos los domingos. Está seguro que cuando lo maten para la sopa se irá al cielo.

sin

sin principio y sin final
sinestésico
incorrupto
alborotado y casual
jugador de tu equipo
contrincante y aliado
blasfemando con palabras dulces
acariciando con dolor
sufrido
y sufriente
perdido desaparecido en desiertos sin calor
camaleon desempleado
y matiné de adultos
infanticida
gerontofílico
asesino de miradas y distancia exabrupta
sin principio y sin final
totalmente corrupto

is anybody out there?

Había vuelto su rutina de desesperante mortandad. De nuevo su pecho se comprimía indistintamente al ver la vida viva y la muerte en vivo. Pensaba bajo el agua de la regadera, entre las sábanas de insomnio, entre las luces de la fiesta. Convencido de nunca lograr una respuesta seguía divagando en silencio, pensando tal vez si así fue la vida de algún filósofo cuyo nombre enseñen en la escuela. Creaba conclusiones, descargaba videos de una y otra teoría: big bang, teoría de cuerdas, relatividad… Buscaba comentarios y testimonios del cordón de plata, de la presencia dual de algún tibetano, de la inconsistencia del tiempo, de muertes clínicas revertidas. Le dio a la consciencia una fuente y razón netamente casual, un juego de la materia, lo único que sin razón alguna se atrevería a decir que existe. Y fue diluyéndose en su propia vida sin retorno que encontró a Dios en la vitrina de una tienda. Lo saludó y entabló una amable conversación en la que Él aseguraba que sí existía, que andaba cerca siempre, es más, que siempre estaba en todo lugar. Habló con Él hasta que la luz de los postes y carros reemplazara la del día. Habló con Él hasta que se dio cuenta que hablaba consigo mismo.

nochmal einmal

Ella podría decir que su sima estaba ardiendo, pero él no haría más que buscar un termómetro.
Quisiera sacudirse las hojas amarillentas de aquellos caballeros de armadura oxidada que tanto le han dificultado morir junto al río, comerse las migajas que dejaron los niños en el bosque y darle un bocado a esa barbacoa de bruja que tanto le hace salivar.
Desea disfrazarse de camello y engañar a Balthassar para que la monte, ser la sonrisa de Cheshire para jugar traslúcida bajo las faldas de Alicia. Añora el orgasmo de lágrimas, el dolor ceniciento del clítoris, el asomo de una lesión por sus arcadas.

Y sus dedos
Sus anhelos
Los roces
Sus fantasías
Los apretones
Los minutos
Las posiciones
Los comerciales

logran que llore, con una almohada atrapada entre las piernas, sin alcanzarlo.

this is the first time i write, after the last

Y sí. No se le ocurre más que escribir unas cuantas incoherencias banales con tanto significado que le suenan absurdas. Parece ser, que en momentos circunstanciales, algunas almas virtuales se apiadan de su ingratitud y se animan, aún recordando cuanto detesta ser animado, a invocar esas absurdas e incoherentes palabrerías que él olvida antes de publicar.
En este momento cabalga en los ritmos de Soulwax, y se pretende parte del fin de semana. Curiosamente escribe exactamente lo que está usted leyendo en este instante.
Apuesta su vida a una certeza enorme: usted está frente a una pantalla de computador, nada más y nada menos que, leyendo. Y con la pequeña ganancia que recibe de tan fiera realidad, apuesta un quinto a la posibilidad de meterse en sus ojos de lector inconsciente. Cree que le conoce, que el seguir usted aquí significa que por dentro, detrás de su mirada silenciosa y sonrisa fluctuante, él ha pasado al menos unos cuantos minutos acampando en silencio. Entonces, se da cuenta usted, desafanado lector, que es cierto y que usted (escribe él disculpándose por la redundancia) y él vienen siendo lo mismo. Por lo tanto, la angustia que carcome los huesos, la existencia imposible y la espontaneidad de la materia se funden detrás de todos los estómagos y nos provocan esas arcadas indolentes que no hacen más que recordarnos que estamos vivos.
Ahora, ya que que hemos recordado nuestra existencia (?) e ignoramos, con poca esperanza, lo que pasará después del último presente, usted dejará de leer e inexplicablemente él deja de escribir.

this is the last time i write, before the next.

Hay unas cuantas avestruces pardas volando afuera del departamento. Cruzan el marco de la ventana exactamente a la misma altura y a la misma velocidad. Al mirarme una detrás de otra, con ese efecto de película vieja o animación cuadro a cuadro, parecen buscar que derrame una lágrima en la soledad. Esas inmensas pestañas, esos inmensos ojos, de brillo hipnótico y con lagañas de óleo pastoso arremeten contra mi pecho de manera hexagonal y anónima. Los cienpiés que albergan mis venas se han vuelto canosos y desprenden su humo de tabaco por mis fosas nasales.
Un whiskicito, barato y ácido se deja extrañar en la parte oculta de mi lengua.
El aleteo cesa y los ojos secos carentes de párpados deciden mirar hacia adentro y olvidarse de la ventana. La noche es más obscura en el interior, los gusanos están borrachos y la sangre de famoso fotografiado parece eructar en un rincón del esófago. La contaminación visual, las inmensas vallas de perfumes y películas luchan a bastonazos y machetazos contra los caballetes de talleres con textos mal escritos.
Llueve. Llueven pequeños trozos de papel, pedazos de libros, textos escolares y servilletas que la tormenta del olvido decide liberar dentro de mí.
Y allá en el fondo, olvidado por el resto de los fantasmas parezco vislumbrarme. Ciego y derrumbado frente a la silla de ruedas escarbo en el cemento de mi vientre, buscando alguna hormiga que se atreva a clavar sus colmillos en mis manos antes que mis torpes manos la aplasten.
Grito esporádicamente, llamando al caballo del llanero solitario o escupiendo una batiseñal en busca de un atisbo de correspondencia interna.
Bajo el farol de las gónadas, detrás del tumor en el hígado, puedo ver las cicatrices que se asoman inquietas. Sombras más oscuras que la noche, suma de penumbras asfixiadas que añoran las pequeñas cadenas de plata que cuelgan de mis bolsillos.
El reflejo de la noche en mis retinas altera a los pequeños Salvadores Gaviota que insisten ahora en estrellarse contra mis córneas. Encandilados por el atisbo de realidad clavan sus picos una y otra vez en mis ojos.
Me obligan a voltear la mirada de nuevo.
Los ojos siguen secos.

Invierno

¿Me reconoces? Soy la que heredó de su padre dos cosas: la habilidad para manejar sierras eléctricas y un profundo amor por el invierno.
La que solía pasar horas viéndolo trabajar en el taller y, maravillada, miraba cómo decenas de dragones nacían del romance entre el hielo y sus manos. La que al cumplir 12 años recibió una gran caja de herramientas con cinceles y lijas y comenzó a crear flores, estrellas y carritos con la ayuda de una pequeña sierra eléctrica. En las fotografías del álbum familiar aparecíamos los dos, siempre sonrientes, entre luciérnagas de escarcha y figuras míticas cristalinas. Era sólo una niña cuando aprendí que cada copo es diferente a todos los demás y que cada bloque de agua, sin importar su forma o tamaño, contiene en su interior un sol, un saltamontes o un templo.
Cada año, justo después de la primera nevada, visitaba la tumba de mi madre. Encima de la placa de mármol dejaba algunas páginas de mi diario; con mis manos reunía montículos de nieve hasta formar dos muñecos altos y uno pequeño: un retrato de la familia para que no se sintiera sola. Después empecé a llevarle flores, no como las que traían las demás familias, sino grandes y hermosas flores hechas por mí. Flores heladas que resistían hasta dos meses y, gota a gota, alimentaban la tierra para renacer en primavera.
¿Recuerdas los juegos del 72? Mi padre era el encargado de crear las estatuas de los deportistas para la inauguración. Mientras él cortaba un enorme bloque con una sierra, agachó torpemente la cabeza como resultado de un estornudo. La figura que esculpía se tiñó de rojo. La sierra le cortó la ceja. También un ojo y medio cerebro.
Quise dejar todo atrás. Irme de Sapporo. Alejarme del frío que atería mi corazón y me dejaba inmersa en la blancura más desolada, en la más nívea tristeza. Pronto comprendí que abandonar el trabajo que mi padre había empezado era como darle una segunda muerte. La intensidad de mi dolor me ayudó a perfeccionar y terminar sus obras. En la inauguración de los juegos guardamos un minuto de silencio a su memoria. Sin parar de llorar y frente a cientos de deportistas, fui presentada como coautora de las esculturas.
Estabas entre la multitud uniformada con<!–more–> los colores de más de una docena de banderas. Frente a las figuras que mi padre creó -y que lo arrancaron de mi lado-, el invierno reconfortó mi corazón al traerte: fuiste capaz de generarme una sonrisa mientras mis lágrimas se congelaban; tus ojos garzos me envolvieron hasta llenarme otra vez de dicha.
Nuestras labores nos obligaron a vivir un amor postal durante casi un lustro. Una pasión estática y entrecortada de cartas y fotografías, enaltecida ocasionalmente por tu voz monofónica en el auricular. Un idilio que, aunque distante, nunca pereció. Éramos cada uno la parte ajena y faltante del otro.
Te fracturaste la rodilla y se te destrozaron los meniscos durante un entrenamiento. El diagnóstico fue decisivo: no volverías a esquiar profesionalmente. El dolor causado por tener que alejarte del deporte fue aliviado por la alegría que nos llenaba el pecho. Por fin podías regresar a Japón.
Una mañana tan soleada como fría, te recogí en el aeropuerto y entre abrazos, risas y besos llegamos a la casa. Dejaste las maletas en el guenkan. Me llevaste hacia ti, me quitaste el guante izquierdo y tomaste mi mano. Sentí un escalofrío, no por el viento álgido que entraba por las ventanas y acariciaba mi nuca, sino por el tacto de un aro metálico y helado. Dos semanas después nos casamos.
Abriste la escuela de esquí para niños y cada enero, cuando el festival estaba cerca, me acompañabas al parque. Mientras liberaba de sus prisiones glaciales a las criaturas que habitan mis sueños hablábamos a gritos (¡qué ruido el de las sierras!) de nuestras vidas y recuerdos. Tú del esquí y de las competencias, yo de la fatídica belleza del invierno.
Durante una de esas conversaciones, tuve un arranque de furia al recordar la muerte tan absurda que había tenido mi padre, el escultor más hábil en todo Hokkaido. Te levantaste de tu asiento al lado de la escultura, para calmarme. Sin poder contenerme, corté violentamente con la sierra un bambú de hielo -como un samurai habría hecho con uno de verdad-, gritando que no entendía cómo mi padre había sido tan estúpido para cercenarse él solo la cabeza. La figura que esculpía se tiñó de rojo. Detuve la sierra y escuché los gritos de varios transeúntes a mis espaldas. A mi derecha, bañado en sangre, yacía tu cuerpo, Reiner. Un metro más atrás, tu cabeza.
Fui detenida, pero gracias a los testigos que declararon el hecho como accidental, se me permitió pagar una fianza y salir libre en pocos días.
Vine directamente al taller. Entre herramientas, escaleras y poleas, pasé frente a la serpiente que emerge de una pared helada y del buda cuyas piernas son todavía un bloque jaspeado y blanco. Llegué hasta una pieza alta y gruesa que no había sido tocada. Estuve más de un día trabajándola, primero con la sierra, luego con un juego de cinceles y martillos y finalmente con una lija de agua. Al terminar, te vestí cuidadosamente con un par de tenis y ropa de verano (la que acostumbrábamos guardar en el pequeño armario del taller).
Fui a la casa, y tomé una ducha. Todavía mojada, me puse únicamente este vestido negro que tanto te gusta.
Ahora estoy aquí de nuevo. Te observo y me desnudo lentamente para ti. Beso tus labios gélidos. Tu tacto me quema. Tu piel produce la chispa estival que congela todos mis movimientos. Mis pezones se hinchan de gusto al rozar tu pecho macizo. Mi entrepierna se entumece de placer contra tu muslo traslúcido.
Sudemos juntos, Reiner.

¿Me reconoces? Soy la que heredó de su padre dos cosas: la habilidad para manejar sierras eléctricas y un profundo amor por el invierno.

La que solía pasar horas viéndolo trabajar en el taller y, maravillada, miraba cómo decenas de dragones nacían del romance entre el hielo y sus manos. La que al cumplir 12 años recibió una gran caja de herramientas con cinceles y lijas y comenzó a crear flores, estrellas y carritos con la ayuda de una pequeña sierra eléctrica. En las fotografías del álbum familiar aparecíamos los dos, siempre sonrientes, entre luciérnagas de escarcha y figuras míticas cristalinas. Era sólo una niña cuando aprendí que cada copo es diferente a todos los demás y que cada bloque de agua, sin importar su forma o tamaño, contiene en su interior un sol, un saltamontes o un templo.

Cada año, justo después de la primera nevada, visitaba la tumba de mi madre. Encima de la placa de mármol dejaba algunas páginas de mi diario; con mis manos reunía montículos de nieve hasta formar dos muñecos altos y uno pequeño: un retrato de la familia para que no se sintiera sola. Después empecé a llevarle flores, no como las que traían las demás familias, sino grandes y hermosas flores hechas por mí. Flores heladas que resistían hasta dos meses y, gota a gota, alimentaban la tierra para renacer en primavera.

¿Recuerdas los juegos del 72? Mi padre era el encargado de crear las estatuas de los deportistas para la inauguración. Mientras él cortaba un enorme bloque con una sierra, agachó torpemente la cabeza como resultado de un estornudo. La figura que esculpía se tiñó de rojo. La sierra le cortó la ceja. También un ojo y medio cerebro.

Quise dejar todo atrás. Irme de Sapporo. Alejarme del frío que atería mi corazón y me dejaba inmersa en la blancura más desolada, Read the rest of this entry »