Románticamente ácido
El sueño, increíblemente tosco, denso, burdo, sucio y dramáticamente erótico: me gustó. Me dejó una sonrisa de hueco.
En resumen: un retorno, un amor inmerso en la oscuridad que significa ser luchadora porno (es un arte o deporte extraño, es el afán y la angustia de una lucha entre dos mujeres, tocándose intensa y frenéticamente; con técnicas de sadomasoquismo y pasión desenfrenada).
Sets de cuartos de baño sucios, peleas tan intensas como degeneradas. Las mismas participantes jamás podrían dejar de enamorarse una de la otra.
El manager (el cual no se cogía a las chicas) te recibía y hablaba caminando alrededor de la oficina, masturbándose con la mano izquierda y saludándote con la derecha mientras ellas practicaban (o se entregaban con aún menos prejuicio al dolor del amor) frente a su escritorio. Emanaba la sensación de ser descaradamente honesto.
No hablé, no me moví, pero por dentro explotaba, estallaba, se me torcía la mandíbula y las nauseas del estómago me constreñían el pecho.
Tú y una de tus compañeras, enamorada (o desahuciada, quién sabe), de las que lucha y llora al mismo tiempo; que se viene sólo cuando el vacío la ocupa por dentro. Yo las vi y ustedes me miraron. La una con desprecio, la otra con éste es mi precio. Y me enamoré tanto como podría haberte odiado, y ese vacío me dejo quieto, sin palabras y lleno de un enorme silencio que me hacía sentir más vivo que nunca, más confundido, y hermosamente extraviado. Casi en el lugar donde debía estar.
Fue como si una hermosa mujer te metiera un brazo por el culo y te agarrara el corazón y lo exprimiera poco a poco, mirándote directo a la cara, mientras llora.
