20 Jul 2009

Derby

Cuento Sin comentarios

Hay un pelado al que no le da la gana de escribir nada. Canta todo el día… Putea las gallinas del vecino y se va sin zapatos al colegio. A veces para en el camino y orina de frente a los carros, y eso que tiene complejo de genitales pequeños. Pero que se puede hacer, todos tienen derecho a sentirse así de vez en cuando.

Camina por el pavimento y algunas veces arrastra las uñas para sentir ese fastidioso estremecimiento de dolor y fastidio. Se muerde el labio inferior con una fuerza irracional cada que un perro se le acerca y le mueve la cola. Le dan ganas de patearlo, de patearlo muchas, muchas veces. Y siente esa piedra en su pecho, alimentándose de sí mismo y él se satisface alimentándolo. Es uno de esos días en que se quiere tocar fondo, en los que se quiere creer que no hay nada más abajo.

Se concentra en su mirada y descubre que ha estado mirando fijo hacia abajo mientras caminaba, con el cuello tieso. Ya lo tiene entumecido, levanta sólo los ojos para mirar al frente, no ve nada que quiera ver, vuelve y baja la mirada.

Entre las grietas del cemento se imagina que se encuentra con la vieja que lo trae loco, la que conoció, pero desconoció después, cree que es la única que podría cambiar toda esta situación, se imagina encontrándose con ella. Se para frente a ella, ni siquiera la mira, le da pena, pero sabe que ella lo mira con ojos de lástima, callada y con un frío interior que la asusta y le pone aguados los ojos.

Ambos se quedan quietos y de un momento a otro él la toca, en el hombro. Pero su mano baja y llega hasta sus muslos. Ella permanece inmóvil, entiende lo que pasa y deja que continúe. Él hace lo mismo con la otra mano y mete ambas por entre sus muslos. La levanta del suelo y la recuesta contra la pared del parqueadero, en plena calle, porque para él no hay nadie.

La falda que lleva permite y facilita los movimientos,quedó con la espalda contra la pared blanca, sus piernas abiertas dejaron sus muslos en los hombros de él y su entrepierna frente a su boca. Sus ojos estaban a unos tres metros de altura y todo se veía tan chiquito… tan lejano… y el cielo estaba tan cerca… ah…

Y los besos eran lentos, él tenía los ojos cerrados, quería que ese momento fuera eterno, pero quería que los movimientos y los sonidos de ella fueran cada vez más fuertes, que su olor se intensificara, que le lavara la cara, que marcara territorio. Y ella gritaba y le agarraba el pelo con mucha fuerza y abría la boca y tensionaba el estómago y se arqueaba y se veían sus pechos contrastados con el cielo y aparecían sus ojos desorbitados y la falda danzaba con el viento y el sexo era amor y el orgasmo era eternidad y los gritos eran hijos y la saliva era el fluir de las emociones, la verdad y…

Y le dieron ganas de masturbarse, para olvidarse de esas cosas y deprimirse aún más. Se dio cuenta que tenía el labio mordido y lo libero, le dolía bastante, casi sangraba.

Dejó de caminar hacia el colegio, decidió que allá había muchos conocidos que querrían hacer preguntas, que querrían ayudarlo.

Se quedó quieto en un semáforo y observo como la gente manejaba en su carro. Hombres, mujeres, jóvenes, niños, perros, hay de todo en esos carros.

¿Tiene Derby?

Con un cigarrillo intento leerse el futuro, un lado quemaba bien, ardiente, rojo, luminoso, el otro estaba negro, oscuro y hasta vacío. Que tenaz esta vida, se dijo y continuó fumando, con bocanadas cada vez mas profundas. Le cayó mal el cigarrillo, pero sólo iba por la mitad así que siguió con él. Se mareó y quiso trasbocar, pero él sabe que si vomita el malestar puede mejorar, por eso no lo intentó y se compró un cigarrillo más.

Se sentó en la calle y sintió un poco de brisa, sintió también que esa brisa era vaho de borracho y que debía compartir con aquellos que nada tienen y solo el alcohol los puede consolar.

¿Tiene alcohol?

El alcohol le sabe suave, pero lo siente en la parte de atrás de la cabeza.

Al poco tiempo se da cuenta que el alcohol se le está saliendo por los ojos, que ya no cura sino que arde, que trae sal, que viene acompañado de imágenes borrosas, que quiere trasbocar, no lo que tiene en el estomago, sino lo que tiene en el corazón, en los testículos, en la verga.

Y piensa que es romano y agradece con un trago a Baco, o a Dionisio o a Fó o a Huitaca, romanos, griegos o chibchas, todos fueron tan inteligentes como para tener un Dios del vino, de las borracheras y de la juerga…

Ella se ponía melosa cuando tomaba, le cantaba al oído y sin pena lo besaba, se sentaba en sus piernas, lo abrazaba y su tufo olía a pan dulce. Varias veces el trago lo hizo feliz, varias veces el trago le hizo querer morir. Gracias trago, decía él, por ser tan sabio y mostrarme cuando debo reír y cuando debo llorar.

Sentado en el suelo, con los ojos turbios y el corazón pesado, se dispuso a esperar la sombra de la tranquilidad, con los brazos abiertos y la botella casi vacía se dejó caer, diciéndole adiós al sol y permitiendo que los párpados ocultaran sus ojos. Esperó entonces que viniera su sombra, que su peso se recostara en su pecho y dijera unos cuantos poemas en silencio, que le acariciara sin tacto, que detuviera sus latidos, que le permitiera soñar, al menos por unos instantes, que la alcanzaba y tocaba sus dedos, que estaba junto a ella, que la había encontrado antes de despertar, antes que el día pasara, antes que se volviera a levantar.

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