Preludio
La saliva se le atora en la garganta. Su pecho se infla y exhala un suspiro mudo. Con el periódico en las manos la observa por el rabillo del ojo: piel blanca, hombros desnudos, belleza nívea vestida de rojo. Cada nota del piano, generada al azar por los dedos de esa mujer, le provoca un salto en el corazón. Advierte un leve movimiento en el cabello de noche sin estrellas. Retoma la lectura.
Tímida, gira su cabeza un poco. Observa al hombre que lee a su lado: nariz afilada, poderosas manos, cabello corto que se le antoja seda ígnea para acariciar. Un insecto imaginario la recorre desde el vientre hasta el pecho. Punza sus venas, corta su aliento. Nerviosa, aparta la mirada cuando escucha pasos tras la puerta.
Edward entra a la habitación. Agradece la espera y recuerda que no los ha presentado.
- Helmut, ella es Anja.
El hombre del periódico se pone de pie.
- Es un placer –dice, al tiempo que estira su mano hacia ella.
- Mucho gusto –contesta ruborizada sin imaginar la cantidad de alacranes que atormentarán su cuerpo junto a Helmut.
